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¿Y el INDARELÍN?

Actualizado: 13 abr

Por: Rodrigo González Sánchez


El 6 de marzo de 2026, el Instituto Nacional del Derecho de Autor anunció la suspensión del sistema INDARELíN, una plataforma digital que durante los últimos años había funcionado como principal vía para el registro de obras en línea.


La medida de dicha suspensión fue comunicada como una acción extraordinaria derivada de “causas de fuerza mayor”, mismas que estaban asociadas a fallas técnicas e inconsistencias que hacían necesaria una intervención inmediata para la actualización y mantenimiento del sistema, así como para la protección de la información de las personas usuarias. A partir de ese momento, el servicio dejó de operar en su modalidad digital continua y fue sustituido por un esquema provisional basado en atención vía correo electrónico, sin eliminar por completo la posibilidad de realizar trámites de manera presencial.



“Oremos”, escribió un usuario en Facebook tras recibir la noticia. La palabra, breve y cargada de ironía, sintetiza con precisión el desconcierto colectivo ante la suspensión de INDARELÍN por parte del Instituto Nacional del Derecho de Autor, ya que, no es una reacción ingenua ni exagerada: es el gesto de quien reconoce que, ante la caída de una infraestructura que debería ser sólida, lo único que queda parece ser la espera y, casi, la fe.


Hay algo profundamente revelador y preocupante en la suspensión del servicio INDARELÍN, puesto que, no se trata únicamente de la caída de una plataforma digital. Durante años, el INDARELÍN fue presentado como un avance para los autores y para la posibilidad de registrar una obra sin desplazamientos, sin intermediarios, sin depender de horarios institucionales y sin la burocracia institucional que durante años se ha vivido para el registro de obras. Era, en apariencia, la consolidación de un principio básico, puesto que, para el autor, este era un derecho accesible, continuo y operativamente claro. Su suspensión (aunque se nombre como temporal y por causas técnicas) expone que estaba sostenida sobre una infraestructura frágil, porque revela que el problema no es sólo técnico, sino estructural.


Cuando un sistema como INDARELÍN falla, lo que se pone en evidencia es la distancia entre el reconocimiento simbólico del autor y las condiciones materiales para ejercer ese reconocimiento. En México, el discurso institucional insiste en la centralidad de la cultura, en la importancia de las y los creadores, en la defensa de los derechos autorales. Pero basta con que una plataforma se suspenda para que ese discurso se rompa y para que el autor vuelva a enfrentarse a la burocracia, a la opacidad, a los canales improvisados. El paso de una plataforma digital las 24 horas los 7 días de la semana a un sistema provisional por correo electrónico no es una simple sustitución técnica, sino que, es una regresión en términos de accesibilidad, trazabilidad y certeza jurídica.


El correo no garantiza tiempos claros, no asegura seguimiento transparente y, sobre todo, desplaza nuevamente la carga administrativa hacia el autor, que debe navegar un sistema menos eficiente, más incierto y potencialmente más excluyente, volviéndose desigual. No todos los autores están en la misma posición para enfrentar esta caída.  Quien tiene redes institucionales, “amigos” adentro de INDAUTOR, asesoría legal o presencia en los centros culturales más fuertes podrá adaptarse con relativa facilidad. Pero el autor independiente, el creador regional, el artista que trabaja desde los márgenes (como ocurre en buena parte del territorio del país) pierde tiempo, pierde claridad, pierde oportunidades. En un campo ya marcado por la precariedad, esta suspensión amplifica las brechas existentes.


En términos más profundos, lo que está en juego es la legitimidad misma del sistema cultural.


La caída de INDARELÍN no elimina el derecho de autor, pero sí debilita su ejercicio cotidiano. Y en ese debilitamiento se cuela algo más inquietante y peligroso: la normalización de la inestabilidad. Quizá lo más grave no es la suspensión en sí, sino lo que evidencia: que en México la creación sigue siendo valorada más como un discurso político. Se celebra al autor en los escenarios, en las convocatorias, en los discursos públicos, pero no se le respalda con la misma firmeza en la infraestructura que sostiene su trabajo, y sin infraestructura, todo lo demás queda fuera. Sin certezas, la autoría se vuelve vulnerable.

Y cuando la autoría es vulnerable, lo es también toda la cultura que se construye a partir de ella.


“Oremos”, pues.

 
 
 

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