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Una compañía nacional sin público nacional

Actualizado: hace 3 días

A finales de marzo de 2026, mediante una conferencia de prensa, se anunciaron los festejos por el 47 aniversario del Teatro de la Ciudad Fernando Soler, ubicado en Saltillo, la capital de Coahuila. Para conmemorar la fecha, la Secretaría de Cultura de Coahuila (SC) y el Patronato de Arte y Cultura A.C. (PARTECO) presentaron una cartelera especial de actividades con invitados locales, nacionales e internacionales. Entre los anuncios más destacados figuró la presencia de la Compañía Nacional de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), considerada una de las instituciones escénicas más importantes del país.


La programación incluyó tres producciones del repertorio reciente de la compañía: “Prendida de las lámparas” de Elena Guiochins, inspirada en la vida y obra de Rosario Castellanos y dirigida por Mariana García Franco; “Y fuimos héroes” de Maribel Carrasco, bajo la dirección de Luis Rivera; y “Los empeños de una casa” de Sor Juana Inés de la Cruz, en una versión y dirección de Aurora Cano. Todas las funciones fueron programadas en la sala principal del teatro, un recinto con capacidad cercana a los mil espectadores por función, con boletos inicialmente anunciados en $500 pesos mexicanos (precio que posteriormente fue reducido a $350). Lo que parecía ser una celebración significativa para la vida cultural de la ciudad terminó produciendo un resultado inesperado, ya que, a pesar del prestigio institucional de la compañía y del carácter conmemorativo del evento, las funciones (hasta el miércoles 18 de marzo) se veían en la boletera digital con un panorama triste y solitario, dejando ver salas parcialmente vacías y con una respuesta del público mucho menor a la anticipada con bombo y platillo. La noticia de la visita de la Compañía Nacional de Teatro terminó pasando por Saltillo sin generar el impacto mediático que, en principio, se esperaba.


El día de hoy 19 de marzo, aparece nuestra secretaria de cultura en redes sociales, anunciando que la Compañía Nacional de Teatro “viene gratis” y “sin que cueste un solo peso”. ¿Por qué no hacer esto desde el principio? ¿Será que quieren evitar la vergüenza de tener salas vacías? ¿Con quién se quiere quedar bien?  


Más allá del episodio específico, este hecho abre una pregunta más amplia sobre la relación entre las instituciones culturales nacionales y los públicos regionales: ¿qué ocurre cuando una institución que representa al teatro nacional llega a una ciudad donde, en realidad, ese teatro nacional nunca ha formado parte de la vida cultural cotidiana?




Cuando una función de la Compañía Nacional de Teatro llega a ciudades como Saltillo y el público simplemente no llena la sala, la explicación suele aparecer de forma casi automática: “es que no hubo difusión”, “es que en Saltillo nada pega”.


La responsabilidad se desplaza hacia las secretarías estatales de cultura, las instituciones locales o hacia los espacios teatrales que programan las funciones, en este caso: el Teatro de la Ciudad Fernando Soler. Se cuestiona constantemente si el teatro envió suficientes boletines de prensa, si la cartelera apareció a tiempo en redes sociales o si los medios locales cubrieron el evento con la intensidad necesaria y dándole la importancia que la Compañía Nacional de Teatro requería. A veces incluso se sugiere que el público de las ciudades fuera de la capital “no está acostumbrado a este tipo de eventos”, o a cierto tipo de teatro institucional. Incluso se nombra que las audiencias regionales responden mejor a espectáculos comerciales, festivales o propuestas más cercanas a su vida cotidiana. Sin embargo, estas explicaciones suelen quedarse en la superficie del problema. Reducir la baja asistencia a una falla de difusión implica y asumir que el público ya conoce a la institución, o que reconoce su valor simbólico y que simplemente no se enteró de la función, demuestra no solo inocencia, sino desconocimiento del mercado. Pero en muchos casos ocurre algo distinto: para amplios sectores del público teatral en los estados, la Compañía Nacional de Teatro no es un referente cultural reconocible, confiable o incluso importante. Sus actores no son identificados por el público, su repertorio no forma parte de la memoria escénica local y su presencia en el ecosistema teatral regional ha sido históricamente intermitente. 


En contraste, las audiencias de ciudades como Saltillo suelen reconocer con mayor facilidad a compañías locales, a colectivos universitarios o a proyectos independientes que han trabajado durante años dentro de la misma comunidad a crear y mantener sus propios públicos a lo largo del tiempo, y lo han hecho así porque han compartido un territorio cultural común: estrenan regularmente en los mismos teatros, participan en festivales locales, colaboran no solamente con las instituciones, sino también con universidades. Ciudades donde la vida teatral se ha sostenido a partir del esfuerzo de compañías independientes que mantienen una relación sostenida con sus espectadores. Frente a esta continuidad, la aparición ocasional de una compañía nacional de teatro es irrelevante. Por esta razón, la explicación basada exclusivamente en la “falta de difusión” termina ocultando un problema más profundo dentro del sistema cultural mexicano: la distancia histórica que se ha construido entre las instituciones culturales federales y los públicos regionales. Mientras esa distancia no se reduzca mediante una presencia territorial constante y sostenida, cada función con butacas vacías seguirá interpretándose como un problema de promoción, cuando en realidad es el síntoma visible de una relación institucional que nunca terminó de consolidarse. Hay que decirlo claro: la Compañía Nacional de Teatro, tiene abandonados a los estados.


El fenómeno no es reciente. Desde la consolidación de la política cultural mexicana en el siglo XX, las principales instituciones artísticas del país se concentraron en la Ciudad de México. Los teatros, las escuelas profesionales (no solamente de teatro), los programas de financiamiento (como EFIARTES), los circuitos de crítica y mecanismos de legitimación cultural se han venido desarrollando principalmente en la capital. Dentro de este modelo surgieron instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, cuya misión formal consistía en impulsar y difundir las artes en todo el territorio nacional. Sin embargo, en la práctica, el sistema cultural mexicano se organizó bajo una lógica profundamente centralista. Aunque el INBAL ha impulsado a lo largo de las décadas diversos programas de circulación artística, como festivales nacionales, circuitos escénicos o giras institucionales, la mayor parte de la producción artística, las temporadas regulares y los procesos de formación profesional continúan concentrándose en la capital. Las presentaciones en los estados suelen ocurrir de manera episódica, y vemos “de repente”, funciones aisladas dentro de festivales, breves temporadas itinerantes o participaciones en programas federales, que bien, son implementados (en su mayoría) por compañías locales.


La propia historia de la Compañía Nacional de Teatro refleja esta lógica. Desde su fundación en 1977 y su posterior reorganización en 2008, ha estado vinculada al circuito teatral de la capital. Sus procesos de producción, sus temporadas más extensas y su reconocimiento crítico se desarrollan fundamentalmente dentro del ecosistema cultural de la Ciudad de México. Las giras a los estados han existido, pero han sido irregulares y generalmente limitadas en duración. Vivimos una época de colonialismo cultural. Desde la perspectiva sociológica de Pierre Bourdieu, este fenómeno puede analizarse a través del concepto de capital simbólico. En el campo artístico, el prestigio y la legitimidad cultural funcionan como formas de capital que sólo adquieren valor cuando son reconocidas socialmente. Como señala Bourdieu, el capital simbólico es “capital fundado sobre el reconocimiento” (Bourdieu, 1993).


Dentro del campo teatral de la capital, la Compañía Nacional de Teatro posee un alto grado de legitimidad. Sus producciones tienen temporadas teatrales regularmente, sus actores son identificados por el público especializado y sus montajes forman parte de la conversación cultural del medio. La consecuencia es la ausencia y la indiferencia, de lo que Bourdieu denomina: habitus cultural. Este se describe como el conjunto de disposiciones que orientan la manera en que las personas perciben y valoran ciertas prácticas culturales, construidas a partir de la exposición repetida a determinados agentes, instituciones y lenguajes estéticos dentro de un campo cultural (Bourdieu, 1984).


La paradoja es evidente: una compañía llamada “nacional” que resulta prácticamente desconocida para amplios sectores del país, ¿debería seguir llamándose “nacional”? No podemos resolver el problema únicamente con estrategias de difusión más agresivas o campañas de promoción cultural. La construcción de públicos requiere procesos mucho más profundos: presencia, diálogo, programas de formación, continuidad en la programación y construcción de memoria cultural compartida, no solamente de la Compañía Nacional; también de las instituciones locales que se han visto completamente apáticas y ahorcadas por su propio presupuesto. Mientras estos procesos no existan, el teatro institucional seguirá apareciendo en los estados como un visitante ocasional dentro de ecosistemas culturales que ya tienen sus propios referentes, y mientras eso no cambie, el sistema teatral mexicano continuará enfrentando una contradicción estructural: que el país tiene una Compañía Nacional de Teatro que no está verdaderamente presente en el país.


Porque el problema no es que el público de los estados no conozca al teatro nacional. El problema es que el teatro nacional, durante décadas, ha conocido muy poco al país que dice representar.



Bibliografía:

Bourdieu, P. (1984). Distinction: A social critique of the judgement of taste. Harvard University Press.

Bourdieu, P. (1993). The Field of Cultural Production. Essays on art and literature. New York: Columbia University Press.

 

 
 
 

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