El fin de los intocables: la nueva fragilidad del teatro mexicano.
- Rodrigo González
- hace 6 días
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Por: Rodrigo González Sánchez
Durante décadas, el teatro mexicano se sostuvo sobre una estructura de prestigios “relativamente estable”. Había nombres “intocables”. Compañías, directores, productores e instituciones cuya legitimidad parecía suficiente para garantizar atención, recursos y permanencia que estaban basadas en un sistema de prestigio, el cual, no solo abría puertas, sino que también les protegía. El sistema no ha desaparecido, pero sí ha comenzado a perder fuerza cada vez más rápido (y de forma notoria). Las llamadas “vacas sagradas” del teatro ya no son ni “tan sagradas” ni tan “intocables”, y su inevitable caída no puede entenderse únicamente como una victoria generacional o como un efecto de las redes sociales.
Durante años, buena parte de la legitimidad teatral dependió de instituciones, festivales, escuelas, medios culturales, críticos y redes profesionales relativamente cerradas. Quien era validado por ese sistema acumulaba una autoridad difícil de cuestionar. Ahora las redes sociales, la movilización y las nuevas generaciones llegaron a alterar esa lógica. Hoy un actor joven, un técnico, un asistente, un estudiante o un espectador puede hacer pública una experiencia sin pasar por los antiguos filtros. Los conflictos laborales, las prácticas abusivas, las contradicciones institucionales o simplemente una mala crítica pueden circular de inmediato en TikTok .
Esto no significa que las redes garanticen justicia, ya que muchas veces, pueden simplificar, exagerar o convertir un conflicto en espectáculo, pero sí han eliminado la posibilidad de controlar casi por completo la propia reputación. Vaya, el prestigio sigue importando, pero ya no garantiza el silencio. Y con esa pérdida de control también se ha reducido la reverencia pero, mientras ocurre esta transformación cultural, hay otro problema: hacer teatro es cada vez más difícil. Es curioso ver cómo el poder simbólico de las figuras consagradas cae justo cuando también se debilitan las condiciones materiales que sostienen al teatro.

Los costos son altísimos, las audiencias están fragmentadas y la competencia por la atención es enorme. La competencia ya no es entre obras, sino entre plataformas digitales, conciertos, videojuegos, redes sociales y una oferta prácticamente infinita de entretenimiento al alcance inmediato. En ese contexto, incluso los nombres consolidados enfrentan que el prestigio no necesariamente se traduce en taquilla. Una trayectoria puede garantizar reconocimiento, pero no siempre podrá garantizar tener público en la sala; quien antes podía mantenerse a cierta distancia de la promoción ahora también tienen que competir dentro de la ventana de la atención.
Que las figuras poderosas puedan ser cuestionadas es saludable; que incluso ellas tengan dificultades para sostener una producción no necesariamente lo es. Existe el riesgo de confundir ambas cosas. Un ecosistema más democrático sería aquel donde nuevas voces acceden a mejores condiciones, más recursos y mayores oportunidades. Un ecosistema simplemente más precario produce otra clase de igualdad donde quienes estaban abajo siguen en condiciones frágiles y quienes estaban arriba comienzan también a perder estabilidad. Entonces no se redistribuyen necesariamente los recursos, sino que se generaliza la vulnerabilidad. Por eso la caída de las “vacas sagradas” duele todavía más y no debería celebrarse sin matices. Algunas jerarquías efectivamente están perdiendo poder y eso puede abrir espacios necesarios, pero si ese proceso ocurre dentro de un sector cultural cada vez más pobre, el resultado puede ser menos una renovación que una erosión general.
Las redes tampoco han sustituido las antiguas jerarquías por un sistema completamente horizontal, simplemente han creado otras. Antes importaban ciertas instituciones, festivales, críticos o escuelas, “quedar en la Muestra”. Hoy también importan los seguidores, las vistas, las interacciones y la capacidad de generar contenido. El viejo sistema preguntaba: “¿quién te legitima?” El nuevo puede terminar preguntando: “¿cuánto alcance tienes?”. Ninguna de las dos preguntas garantiza calidad artística, pero estamos pasando del monopolio institucional al monopolio de la atención.
Sería un error convertir esta discusión en una guerra entre generaciones, ya que, no todas las figuras consagradas ejercieron el poder de la misma manera y no todos los artistas jóvenes representan automáticamente una transformación. El problema no es la edad, es la concentración de autoridad y la falta de mecanismos para cuestionarla. La experiencia sigue siendo indispensable, pero también la memoria, la tradición y el conocimiento acumulado. Lo que necesita desaparecer es la idea de que una trayectoria concede inmunidad.
Nadie parece estar completamente protegido.
El teatro mexicano está entrando así en una etapa menos reverencial, pero también más incierta. La pregunta importante no es quién cae, es qué se construye después. El reto está en construir un ecosistema donde la trayectoria no implique impunidad, la crítica no se convierta en linchamiento, la juventud no sea sinónimo de explotación y la visibilidad no sustituya al trabajo artístico. Porque quizás, el problema más profundo no sea que las vacas sagradas estén cayendo; es que el suelo sobre el que estaban paradas también.




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